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Superficie finita, borde infinito

Docta ignorancia ante el costo del conocimiento

Ensayos 19 de octubre de 2026 · Semana del Acceso Abierto

Lámina con tres figuras: un polígono inscrito en un círculo (Polygonum circulo inscriptum), el copo de nieve de Koch (Superficies finita, terminus infinitus) y una esfera de hexágonos (Centrum ubique, circumferentia nusquam). Al pie: De docta ignorantia · De pretio scientiae.
Tab. I. De docta ignorantia · De pretio scientiae. Cusa, Koch y Babel.

Este año, la Semana del Acceso Abierto nos invita a reflexionar bajo un tema cada vez más evidente: «El costo del conocimiento». No solo el costo financiero, sino también el humano y el ambiental: el de crear, compartir y sostener lo que sabemos. Las preguntas que nacen son dos: ¿por qué esos costos no dejan de crecer, y quién se beneficia de que crezcan? En esta autorreflexión quiero compartir mis respuestas desde mi rol como bibliotecario, utilizando una herramienta poco habitual en nuestra profesión: la geometría.

El polígono que se acerca al círculo

En 1440, Nicolás de Cusa propuso una imagen para pensar el conocimiento humano: un polígono inscrito en un círculo. Mientras más lados se le agregan, más se parece al círculo, pero nunca llega a serlo. La razón se aproxima a la verdad sin poder alcanzarla del todo. A esa conciencia la llamó docta ignorancia: saber que no se sabe como forma superior de conocimiento.

No es resignación, no es frustración, no es falta de conocimiento. Es método. Cada lado que agregamos nos acerca (cuántas veces iteramos en nuestra propia vida), y el proceso tiene sentido porque converge. Sabemos hacia dónde vamos, aunque no lleguemos.

El polígono que no converge

Casi cinco siglos después, en 1904, el matemático Helge von Koch dibujó otra figura. Se parte de un triángulo y, en cada lado, se agrega un triángulo más pequeño; luego, en cada nuevo lado, otro más pequeño, y así sin fin. El resultado es el copo de nieve de Koch, uno de los primeros fractales: una figura cuya área es finita, pero cuyo perímetro crece sin límite. Formas como esta aparecen en la naturaleza: en las costas, en los copos de nieve, en las ramas de un helecho. Cuando la vida digital nos separa de ella, vale la pena detenerse a observar.

Superficie finita, borde infinito.

Es el mismo gesto de Cusa, agregar lados. Pero el polígono de Cusa se acerca a algo, y el copo de Koch solo multiplica su borde. Es su antítesis.

Creo que esa es la geometría del costo del conocimiento. Lo que la ciencia produce es finito: artículos, datos, protocolos; hallazgos que podemos contar. Pero el borde que hay que cruzar para acceder a ellos, publicarlos y sostenerlos crece en cada paso: suscripciones, cargos por publicar, plataformas, indicadores, renovaciones, membresías. Cada vez que creemos haber cerrado el borde, aparece un triángulo nuevo.

Y ese borde no se paga solo en dinero. Se paga también en personas: en horas de evaluación por pares que nadie remunera, en editores que sostienen revistas con su tiempo libre, en investigadores que eligen dónde publicar según lo que pueden pagar y no según dónde su trabajo sería más útil. Cada triángulo nuevo tiene un costo humano que no aparece en ninguna factura.

Y como todo fractal, el patrón es autosimilar: se repite igual a toda escala. El mismo costo se reproduce a nivel global, nacional, institucional y en cada investigador que decide dónde publicar. No es un problema local. Es una forma global.

La costa que depende de la regla

En 1967, Benoît Mandelbrot, quien después acuñaría la palabra fractal, hizo una pregunta: ¿cuánto mide la costa de Gran Bretaña? Y mostró que no hay una respuesta única. La medida depende de la regla. Con una regla de cien kilómetros, la costa mide una cosa; con una de un metro, mucho más, porque aparecen nuevas formas que la regla grande no podía dimensionar.

Medir nunca es neutral: la regla decide qué se ve y qué queda fuera. Y ahí está una de nuestras dificultades más profundas como profesión. Medimos el valor del conocimiento con reglas que no construimos y que rara vez miran nuestra realidad del Sur Global. Cuando la regla la pone otro, también es otro quien decide cuánto mide la costa.

La biblioteca que se repite sin fin

Jorge Luis Borges imaginó en «La biblioteca de Babel» una biblioteca hecha de galerías hexagonales idénticas, repetidas sin término, que contiene todos los libros posibles y en la que, precisamente por eso, el sentido se vuelve inconmensurable. La describe así:

«La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible».

En sentido estricto, Babel no es un fractal: sus hexágonos son todos iguales. Pero podría leerse como un fractal habitado. Cada hexágono es un polígono que intenta llenar una esfera sin completarla nunca: la figura de Cusa convertida en arquitectura, y también su advertencia. Un orden que se repite infinitamente no es lo mismo que un orden que comprende. Y hay una lectura más incómoda: Babel puede ser, al mismo tiempo, solo un triángulo más en el borde. Una biblioteca que acumula sin comprender no agrega superficie; agrega borde.

Pero la misma frase de Borges guarda la salida: si el centro es cualquier hexágono, el centro del conocimiento no está necesariamente en el norte ni en las grandes casas editoriales. Cualquier biblioteca, cualquier revista del sur, puede ser centro. La justicia epistémica no consiste en acercarse a un centro ajeno, sino en reconocer que el centro también está aquí.

El costo de nuestra misión

No lo digo desde afuera; me incluyo. Con los años, como profesión, nos dedicamos a cartografiar el borde: contamos suscripciones, comparamos tarifas, elaboramos informes de uso y de cumplimiento, como si un mapa más detallado del borde nos diera certeza sobre el infinito. Pero Mandelbrot ya lo había advertido: mientras más fino es el mapa, más largo se vuelve el borde. Sin notarlo, no nos estábamos acercando al círculo; estábamos ayudando a construir más copos.

Adoptamos métricas que no construimos, repetimos diagnósticos que no investigamos y celebramos logros que nunca medimos con nuestros propios datos. Una profesión que investiga poco no tiene cómo distinguir un proceso que converge de uno que solo multiplica su borde.

Sin embargo, no estamos condenados al borde. Podemos investigar. Podemos construir desde la incertidumbre y no a pesar de ella: desde las dudas, desde lo situado, desde nuestras propias bibliotecas y nuestros propios datos. Podemos volver a interrogarnos, desde la biblioteca, sobre qué aportamos realmente al conocimiento.

El reverso de la docta ignorancia

Lo que más me inquieta no es la ignorancia. La ignorancia es la condición de todo conocimiento, y Cusa nos enseñó a habitarla con dignidad. Me inquieta su reverso: una ignorancia que se ignora a sí misma y se reviste de un saber prestado. Es el peor de los mundos, porque quien no sabe que no sabe ya no tiene por qué preguntar.

La docta ignorancia sabe que el borde es infinito y, por eso, pregunta antes de pagar el siguiente triángulo. La ignorancia ignorada cree que el próximo pago cerrará el borde.

Si eres de mi profesión, te dejo la pregunta que me hago a mí mismo: ¿cuánto de lo que hoy afirmamos sobre el costo del conocimiento lo sabemos por investigación propia, y cuánto lo aprendimos de quienes tienen interés en que lo creamos?

Superficie finita, borde infinito

Quizás no podamos cerrar el borde. Ninguna biblioteca abarca todo el conocimiento, ningún catálogo ordena todo el mundo, ninguna métrica captura todo el valor de la ciencia. Pero sí podemos dejar de medirlo con la regla de otros. Y podemos volver a la pregunta de Cusa: no cuánto nos cuesta el siguiente lado, sino si ese lado nos acerca a algo.

En 1931, Ranganathan formuló la quinta ley de la bibliotecología: «La biblioteca es un organismo en crecimiento». Noventa y cinco años después, la pregunta ya no es si crece, sino qué hacemos crecer: superficie o borde.

El acceso abierto no es solo abrir los artículos. Es también abrir nuestras certezas.

Héctor García-Leal es bibliotecólogo y Jefe del Sistema de Bibliotecas de la Universidad de La Serena. Texto bajo licencia CC BY 4.0.