Existimos porque fuimos catalogados
Sobre índices, demiurgos y el Día del Bibliotecario
«Lento en mi sombra, la penumbra hueca / exploro con el báculo indeciso, / yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca.»Jorge Luis Borges, «Poema de los dones», 1960
El 10 de julio no conmemora un libro, ni una biblioteca, ni una lectura. Conmemora un acto de registro. La ley que constituyó el Colegio de Bibliotecarios de Chile se promulgó el 3 de julio de 1969, pero la fecha que celebramos es la de su publicación en el Diario Oficial, siete días después. Nadie debería entender eso mejor que nosotros.
En 1935, ante el congreso de IFLA en Madrid, Ortega y Gasset dijo que la misión del bibliotecario no se deduce de un ideal abstracto de biblioteca, sino de una necesidad social que es histórica y variable. Primero fuimos cazadores de libros, cuando había pocos y conseguirlos era una forma del heroísmo. Después, cuando los libros se multiplicaron, nos tocó protegernos del exceso. Ortega vio la inversión con una lucidez que todavía incomoda. Pero imaginó un exceso administrable. Noventa años después sabemos que el exceso no es una marea que se contiene: es un oleaje que solo se puede navegar.
Y navegar no es ver.
Cuando Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, esta contenía casi un millón de volúmenes y él ya no podía leer ninguno. Nos consolamos imaginando que los leía en los anaqueles de su memoria. Pero esa es la fantasía de Funes, no la biografía de Borges, y conviene recordar que Funes no podía pensar precisamente porque no podía olvidar. Solemos leer la coincidencia entre el cargo y la ceguera como una crueldad biográfica. Yo empiezo a leerla como una descripción técnica de nuestra profesión. Ningún bibliotecario lee su colección. Custodiamos un conocimiento que no consumiremos, en nombre de lectores que no conoceremos. La ceguera no es un accidente del cargo: es parte de nuestra condición.
Lo inquietante es que esa ceguera se vuelve más envolvente cuanto más se expande aquello que debería iluminarnos. No nos falta luz: nos sobra. Cada año la ciencia produce más artículos, más preprints, más datos sintéticos, más versiones, más texto generado por máquinas que ningún ojo humano leerá jamás. Estamos dentro de Babel, y el rasgo definitorio de Babel es precisamente que nadie la ve desde afuera. Creemos estar en un catálogo.
Si nadie puede abarcar la biblioteca, entonces todo lo que sabemos del mundo llega filtrado por un índice. Y ningún índice es inocente. Borges lo demostró de la manera más eficaz posible: inventando una clasificación de los animales tan arbitraria y tan risueña que Foucault confesó haberse reído hasta que la risa se le volvió incómoda, porque entendió que toda taxonomía es igual de arbitraria, solo que la nuestra nos resulta natural. Clasificar no describe el mundo: decide qué mundo puede pensarse.
Y decide, sobre todo, qué se olvida. En Delete, Viktor Mayer-Schönberger recordó que durante milenios olvidar fue lo barato y recordar lo costoso, y que lo digital invirtió esa economía: hoy recordar es el estado por defecto. Pero la inversión no es pareja. Los sistemas que nos indexan recuerdan para siempre al individuo y olvidan sistemáticamente a regiones enteras.
De modo que el poder, en Babel, no pertenece a quien escribe. Pertenece a quien indexa.
Los gnósticos tenían nombre para eso. Llamaban demiurgo al artesano que no creó la materia pero le dio forma, y que confundía su obra con el mundo entero. Algunos lo imaginaron ciego. Scopus no inventó la ciencia: la ordenó. Y hace décadas que confunde el orden con la creación.
Lo no indexado no desaparece: se vuelve invisible. ¿Y hay alguna diferencia real entre no existir y no poder ser encontrado? Es una distinción que solo consuela a los filósofos. Ahí está buena parte de la ciencia latinoamericana. Ahí están nuestras revistas diamante, que no cobran a autores ni a lectores y a las que los sistemas comerciales les asignan un precio promedio de publicación como si esa cifra tuviera algún sentido. Ahí está el conocimiento situado que producimos y que después vamos a buscar, sin encontrarlo, a bases de datos que nunca fueron diseñadas para vernos.
Somos el gremio que nació de una inscripción. No somos el centro de nada: una pieza entre muchas, y no la más visible. Pero somos la pieza que sabe cómo se fabrica un índice.
No custodiamos libros. Reconocemos al demiurgo, y le recordamos que es un artesano.
Feliz día a quienes ordenan lo que no alcanzarán a leer.
¿Y si la pregunta de Ortega, cuál es la necesidad social a la que sirve esta profesión, hoy no se responde con encontrar, sino con resistir?
Héctor García-Leal es bibliotecólogo y Jefe del Sistema de Bibliotecas de la Universidad de La Serena. Texto bajo licencia CC BY 4.0.