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El río de sus ojos

Pacita creció en un valle casi desértico, donde la nieve solo se veía de lejos, en lo alto de la cordillera. Desde pequeña tuvo una mirada que inquietaba a los adultos: ojos oscuros y quietos, como agua que corre por debajo de la tierra seca. Miraba las cosas como si las recordara.

A los cuatro años, durante un asado familiar, se acercó a su tía:

—Tía, quiero que te conviertas.

—¿En qué, mi niña?

—¡En un copo de nieve!

Las risas brotaron; en ese valle no nevaba nunca. Siguió con su abuela:

—Abuelita, quiero que te conviertas…

—¿En qué, amor?

—¡En un copo de nieve!

Su madre, entre divertida y molesta, la envió con su padre. Pacita corrió hasta él y lo tomó del chaleco.

—Papito, quiero que te conviertas.

—¿En qué, mi amor? —preguntó él, listo para reír.

Pacita lo miró con la calma inefable de quien guarda un secreto antiguo. Bajó la voz:

—En un príncipe… uno que no existe.

El padre no se rió. En el fondo de las pupilas de su hija vio correr un río, el deshielo de una nieve que nunca cayó, y en la otra orilla, a un niño que alguna vez quiso ser príncipe.

Dicen que nadie cruza dos veces el mismo río. Esa tarde, él lo cruzó.

Nota «El río de sus ojos» fue hallado entre los fragmentos dispersos de Archégoras del Leteo, cronista de los sueños ajenos y de los libros aún no escritos. Traducción del original por Héctor García-Leal. Clasificado en el Anaquel XVIII·Δ.403 de los Archivos de la Octava Rosa.

Héctor García-Leal · octubre de 2026